¿Qué es lo que te impide volar?

ImagenJesús Gallego
Conferencista Internacional
Socio-Director de Capital emocional, España y LATAM
www.conferenciasliderazgo.com

Cuentan que un granjero subió a una montaña y se encontró un pequeño aguilucho recién nacido. Lo llevó a su granja, y allí lo cuidó y lo dio de comer junto con sus patos, gansos y gallinas. Pasados cinco años, un amigo que pasó por la granja, se dio cuenta que tenía junto al resto de animales, un precioso águila, así que le dijo:

-Disculpa amigo, ese pájaro que tienes ahí, no es una gallina, es un águila.

A lo que le contestó el granjero.

– Sí, es cierto, pero lo he educado como gallina y ahora, ya no es un águila, es una gallina.

El hombre le replicó:

-Perdona, pero un águila no deja de ser águila sin más, tiene corazón de águila y podrá volar y surcar los cielos

-No, te aseguro que ahora es una gallina y jamás volará.

-Hagamos la prueba, dijo el amigo.

Y, efectivamente, el hombre tomó el águila, lo levantó, y le dijo:

– ¡Tú eres águila, perteneces a los cielos, despliega tus alas y vuela!

Pero no sucedió nada, el águila no voló, no se movió del puño del amigo del granjero. Y viendo el águila el maíz que les echaban a las gallinas, saltó también para comer, como una más.

-Ya te lo dije, es una gallina.

El amigo, no se dio por vencido, y subió al tejado de la granja y, desde allí, de nuevo, tomo al águila en sus manos y le gritó:

– ¡Tú eres águila, perteneces a los cielos, despliega tus alas y vuela!

Pero no de nuevo, el águila, no se movió. Y volvió con sus hermanas las gallinas.

El amigo del granjero, entonces, tomó al águila y subió con ella a la montaña. Desde lo alto, se divisaba todo el valle y también, a otras águilas volar. El hombre, puso al águila frente al sol y ésta, mientras observaba aquel paisaje y a sus compañeras águilas volar, dándose cuenta de sus posibilidades, tras el empujón de aquel hombre insistente, se lanzó a volar.
Cuando leía este breve cuento, no podía más que recordar las palabras del psicólogo suizo Piaget, cuando decía que es curioso, pues de niños, cuando nos ocultan un objeto, pensamos que ha dejado de existir, ya no está más en nuestro mundo. Pero cuando crecemos ya un poco, sabemos que simplemente está escondido.

Con nuestras posibilidades como seres humanos y con el desarrollo de nuestro Talento, sucede algo parecido. Y así, podemos encontrar a algunas personas, y a algunos líderes que, al no ser algo muy tangible su propio desarrollo o el de sus colaboradores,  al no verlo, tocarlo o poder medirlo, se comportan como si fueran esos niños a quienes algo se les oculta y, entonces, deja ya de existir.
Soy un convencido de que en nuestro propio desarrollo, está parte de nuestra felicidad, pues al igual que una piedra preciosa no nos mostrará toda su belleza si no se pule, el ser humano no podrá encontrar su plenitud si no explora sus posibilidades.

Seríamos como el águila que aprendió a ser gallina. Aprendemos a quedarnos cortos, a mirar bajo, a no levantar el vuelo, y a no creer en nosotros como posibilidad. Y es que el ser humano vive como cree que puede vivir, y ahí se asienta la fuerza de nuestras creencias y paradigmas. Por eso afirmaría Henry Ford que “tanto si crees que puedes, como si crees que no puedes, en ambos casos aciertas”. Somos también nosotros nuestro propio límite o nuestra fuente de posibilidad. Y, por ello, nuestro límite lo marca no tanto lo que podemos llegar a ser sino lo que creemos que podemos llegar a ser.

Es una cuestión de aprendizaje. Aprendemos a ser menos, a hacer menos, a valorarnos menos, pero la buena noticia es que al igual que lo aprendemos, lo podemos desaprender. Martin Seligman lo llamará indefensión aprendida. Se trata de ese sentimiento que se produce en nosotros cuando vemos que hagamos lo que hagamos, nuestro comportamiento carece de importancia y no se dan los resultados que deseamos. Cuando aprendemos que nuestras acciones son inútiles y que nada de lo que podamos hacer tiene importancia, entonces, ya no actuamos, evitamos toda iniciativa, nos volvemos pasivos.

Como consecuencia, la creencia sobre nuestra propia valía se ve limitada, y ya no solo no volamos, sino lo más grave es que creemos que no podemos volar. Y como el águila de nuestro cuento, nos acomodamos a la vida de las gallinas, y renunciamos a buscar mejores posibilidades.
Cuántas veces habremos visto a personas que no se veían capaces de manejar de distinta manera en una relación, un trabajo o un proyecto; cuántas veces habremos sido testigos de la inacción que provoca la queja y la falta de respuesta para una solución; cuántas veces nos habremos dicho a nosotros mismos “yo soy así” y, por tanto, hemos renunciado a cambiar. En el fondo, ¿a qué hemos aprendido a renunciar?

Para vencer esos obstáculos y alcanzar una mayor grandeza de miras que nos ofrezcan nuevas respuestas y oportunidades, necesitamos aceptar nuestra vulnerabilidad y, con humildad, desprendernos de lo que para nosotros es una certeza. Hemos de enfrentarnos al espejo de la posibilidad, ese espejo que quiere ver de nosotros nuestra mejor versión, y que examina la validez nuestras creencias cuestionándolas. Y es que, esto que estoy pensando sobre mí y mi capacidad de generar nuevas oportunidades, ¿me limita o me potencia?, ¿me ofrece posibilidades o me dota de limitaciones?; esto que tengo dando vueltas en mi mente, ¿me ayuda a ser mejor persona y a ayudar, más y mejor, a los demás, o reduce la mejor versión de mi mismo?

En el fondo, seguimos hablando de felicidad y esas respuestas nos ofrecerán un nuevo camino, un nuevo horizonte que descubrir. Es la felicidad de los que quieren volar más alto todos los días, porque un poco, tan solo un poco más alto, sí  se puede y, desde la altura, animar y ayudar a los demás en su vuelo será, también, una enorme satisfacción.

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