Werner-Heisenberg“Por lo menos yo sabía dónde estaba. Tú, a la velocidad a la que ibas, eras la viva encarnación del principio de incertidumbre¹. Si sabías dónde estabas, cuándo llegabas allí abajo, no sabías a qué velocidad habías descendido. Si sabías la velocidad a la que habías descendido, no sabías si habías llegado allí abajo”. Extracto del diálogo entre N. Bohr² y W. Heisenberg³, en la pieza Copenhague, de Michael Frayn.

Imagen: Fotografía de Werner Heisenberg impartiendo clases.

Fui sorprendido, hace poco, por una noticia del telediario –horario noble, que la cosa no era para menos–, sobre la moda del personal trainer –alguien especialista en ayudar a las personas a mantener o a alcanzar buenos niveles de forma física. En el reportaje que ilustraba la noticia, fueron entrevistados algunos cuadros superiores y ejecutivos, así como los respectivos técnicos, pregonando en conjunto las virtudes del ejercicio corporal, debidamente acompañado por quien sabe y a través de un programa específicamente concebido para cada caso. Me parece muy bien: el cuerpo y la forma física son, de hecho, aspectos importantes y de su buena salud dependen, en gran medida, los niveles de desempeño. Además, con más o menos pompa, es habitual que hoy en día las personas frecuenten Health Clubs, SPAs, etc., denotando un cada vez mayor cuidado del cuerpo.

Acabada la noticia, no dejé de preguntarme si merecería la misma atención, por parte de los diversos  interventores, la buena forma de la mente, o si el coaching, el mentoring o similares alguna vez podrían llegar a ser noticia de telediario; o, incluso, si algunos de los pioneros ejecutivos y cuadros que a esas técnicas recurren estarían dispuestos a defender públicamente sus virtudes. Me inclino, en cualquiera de los dos casos, por un no –redondo y grande, por falta de ejercicio. Los porqués –los comportamientos son siempre multideterminados–, los dejo a la imaginación y capacidad de análisis del lector; me importa más, aquí y ahora, en este espacio de reflexión, hablar sobre los métodos de desarrollo de competencias de personas integradas en organizaciones –si bien que la mayoría de lo que es válido para el mundo profesional lo sea también para lo demás en la vida.

Es hoy un dato irrefutable que nuestras mentes –que están en la base de las actitudes y de los comportamientos, y por tanto de las competencias- se pueden desarrollar y que, en la mayoría de los casos, los efectivos de cualquier organización –el llamado capital humano– están lejos de alcanzar los desempeños a los que, potencialmente, podrían aspirar –aunque los números varíen, se calcula, de media, que las organizaciones apenas aprovechan cerca del 40% del potencial disponible en sus efectivos–; creo que es también una evidencia que uno de los principales déficits del mundo actual es actitudinal –atravesando este déficit longitudinal y verticalmente la sociedad: no es pues un problema de los otros, es un problema de nosotros, de cada Yo que integra el ellos, que tan frecuentemente oímos referir como la causa de todos los males. Precisan así tanto las mentes como el cuerpo de estar en buena forma –sino incluso más: “La mente es la llave de todo, ¿pero dónde está la llave de la mente?” (John Witmore, “Coaching for Performance”).

Volviendo a la pieza de Michael Frayn, con la que abrí este articulo, “Copenhague”: el autor especula sobre lo que habrá pasado entre Werner Heisenberg –físico alemán que formuló el principio de la incertidumbre y recibió el Premio Nobel en 1932– y aquel que fue su mentor durante años, Niels Bohr –físico danés y Premio Nobel en 1922–, en un célebre encuentro en 1947, en plena Segunda Guerra Mundial y en el advenimiento de la invención de la bomba atómica: “si un sujeto está en el centro de la acción y mirar, podrá  ver todo a su alrededor, pero no observarse a sí mismo”.

El Cambio de Paradigma

Nuestra mirada sobre las cosas es siempre una aproximación a la realidad, no una certeza, más tratándose de nosotros mismos: por mejor que pensemos que nos conocemos, nuestra consciencia es siempre limitada y creo que todos tenemos esa noción –por lo menos en los diálogos íntimos que trabamos con nosotros. Y resulta que gestionamos más eficientemente, lo que quiera que sea, cuanto mejor lo conocemos; y lo que desconocemos nos influencia, sino incluso determina, inconscientemente, nuestras actitudes y comportamientos. ¿Por qué no nos hacemos frente como algo a gestionar también?, ¿Por qué no vencer los bloqueos y entender que si a través del entrenamiento físico un atleta –como cualquier vulgar persona– es capaz de mejorar sus actuaciones, también a través del entrenamiento mental nos podemos desarrollar y mejorar nuestros desempeños?

En la alta competición, sea en deportes colectivos o individuales, se descubrió hace mucho ya que los factores psicológicos son tan determinantes como los físicos para alcanzar el éxito –por eso tanto se citan y trabajan siempre los aspectos mentales. Lo que parece que todavía falta mucho por hacer es la transposición de eso a las organizaciones –más por estos parajes, porque hace mucho que allí fuera la cosa fue descubierta, siendo hoy corriente la contratación por las empresas de especialistas en esta área, que las ayudan a rentabilizar mejor el capital humano disponible, no siendo raro también que los propios profesionales, por su cuenta y riesgo, recurran a esa práctica, aumentando así las posibilidades de progresar en sus carreras.

Hay muchas organizaciones que, entendiendo que la función más noble de cualquier jefatura es proporcionar el desarrollo de sus colaboradores, adoptaron el coaching como herramienta de gestión de personas, cambiando así sus culturas –es obvio que, tratándose de empresas que no bromean en materias de gestión, fue porque creyeron que eso les iba a traer ganancias; y si los resultados esperados no hubieran aparecido hace mucho que habrían abandonado la práctica, lo que parece no ser el caso –todo lo contrario.

Algunas Falacias

“No pongamos muy mala cara a nuestras debilidades, porque nos puede quedar el rostro demasiado fruncido ante las debilidades de los otros”. “Nada excluyamos en nosotros para volvernos más bellos, porque nos arriesgamos a ser las gallinas tristes que los jardineros de mal gusto tallan en los fuertes buches” –citas del filósofo portugués  Agostinho da Silva, en la colección de textos “Dispersos”. El reconocimiento de las limitaciones y, tantas veces, de la incapacidad de cada uno, por sí solo, de conseguir superarlas, no es una manifestación de debilidad; es antes una prueba de superior inteligencia, un ejercicio de lucidez: solo se es verdaderamente fuerte cuando se consiguen reconocer las debilidades; se será –sea cual sea el campo– un profesional tanto más competente, cuanto mayor sea la consciencia de que hay puntos a mejorar en el desempeño y más se trabaje por ello. Esto, si se mira solo reactivamente, en un determinado momento, hacia el pasado; pero se debe mirar más proactivamente, hacia el futuro: ¿cómo transformar el potencial disponible en actos? ¿cómo ir tan lejos cuanto las capacidades de base lo permitan? Nadie nace campeón, se hace; y ningún campeón lo consiguió ser –menos en los tiempos actuales– sin recurrir a ayudas especializadas.

“La vida no nos exige perfección, sino entereza” (Carl Jung); y es a partir de esta entereza como más nos podemos aproximar a la perfección que cualquier profesional, digno de ese nombre, debe codiciar. No nos iludamos: no somos lo que queremos mostrar, sino lo que realmente somos –y los otros lo saben y, con frecuencia, lo comentan, no raro desdeñosamente–; si nos entretenemos con el parecer, focalizando ahí la atención, relegamos a un segundo plano lo verdaderamente importante: ser –porque cuando se es de verdad, llegado el momento, naturalmente se parece. Dice Almodóvar –ese mismo, el director–, en “Todo Sobre Mi Madre”, que “Una persona es tanto más autentica cuanto más se parece a aquello que desea ser”. –es decir, cuanto menor es la distancia entre el parecer y el ser.

He tenido la felicidad de, a lo largo de mi carrera, haber trabajado con algunas personas que, voluntaria o involuntariamente, me sirvieron de mentoras; la mayoría de las cuales, dígase, involuntariamente, no siendo el caso de aquella a la que me voy a referir: D. Neves Torres, Director Financiero, en aquel momento, de la Xerox Portugal –es justo que se rinda homenaje a quien nos ayudó a ser lo que somos. Andaría yo por mis 25/26 años, cuando, en su despacho, me hizo una confesión: “Sabe, Marsol, yo soy muy perezoso –e hizo una pausa que aumentó más mi sorpresa–, por eso es por lo que yo procuro ser tan organizado”. Confieso que, en mi entonces poca sabiduría –como la de hoy, de hecho–, tardé un poco en rehacerme de la doble sorpresa; pero no olvidé el episodio y muchos menos la lección.

Tal vez por su formación en económico-financieras –era ésta la designación del curso en aquella época–, o por la sagacidad que la experiencia proporciona a quien anda atento en este mundo, D. Neves Torres me dio a conocer uno de los más simples principios de la vida: primero se siembra para después recoger –yo, merced a mi formación en Humanidades, acostumbro (¡ahora!) a decir que la vida se trabaja como un campo: no se deben querer coger rosas donde apenas despuntan hierbas, por no haber sembrado nada. De hecho, ser organizado implica, de inicio, alguna inversión de tiempo y energía, que ofrece después un elevadísimo beneficio, precisamente en tiempo y energía  –ojalá compensaran así todas las inversiones y tan bajo fuera el riesgo.

La escasez de tiempo es, por tanto, como disculpa permanente, una falacia más –con el agravante de, no raro, faltar, sobre todo, para lo esencial, perdido que fue con el accesorio. Hace mucho aprendí también, con alguien, el principio del empleo alternativo del tiempo: la elección de cómo lo usamos es nuestra y de esa elección depende lo que somos capaces de alcanzar.

Al igual que el tiempo, la energía es, en cierto modo, una variable independiente; lo que varía es lo que hacemos con la que, en cada momento y a lo largo de la vida, vamos teniendo: o la empleamos, esencialmente, proactivamente –aunque, desde el inicio se sepa que eso no será siempre posible, debido a la imprevisibilidad de nuestro mundo, no debemos sin embargo excusarnos en ese argumento– o reactivamente –siendo que esta segunda opción (¡¡¿¿lo será realmente??!!) se traduce, por lo general, en un mayor dispendio y en menores resultados.

Creo que la mejor inversión es aquella que se hace en el crecimiento de las personas. Con todo, la tajada de los presupuestos (personal, organizacional y estatal) que les es dedicada es, normalmente, bien baja. La verdadera riqueza de una nación son los que la constituyen; como la de las empresas son sus efectivos; como incluso, para cada uno de nosotros individualmente, es lo que somos, mucho más de lo que tenemos, en determinado momento. La prioridad, sin embargo, cuando llega la altura de distribuir los dineritos, raramente es esa: la inversión es corta  –porque se trata de una inversión necesaria; de beneficio lento, reconózcase, pero seguro.

Se vive, cada vez más, bajo el dominio del corto plazo, bajo la presión del resultado inmediato, faltando capacidad de apuesta –¿o de visión?–; sobreviviendo al tiempo, Lao-tsé (s. I a.C.) nos enseñó que “Quien renuncia a lo que está cerca, alcanzará lo que está lejos”. Cualquier construcción que se quiera que resista y perdure es incompatible con el inmediatismo que parece reinar hoy en nuestra sociedad. Si fuéramos capaces de mirar alrededor, con ganas de observar, nos fijaríamos en que todo lo que tiene peso y consistencia ha sido proyectado y realizado con mucho tiempo; con los ojos en el futuro, no en el mañana, no en el hoy que todos los días acaba. Y esto es válido para cualquier obra, incluyéndose aquí las personas –construcciones de permanencia.

* Traducción de Javier Rodríguez Casado.

** Fausto Marsol es Consultor en Desarrollo Organizacional y Profesional y Autor de Maquiavelo para Gestores Contemporáneos (Ediciones Corona Borealis).

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NdE: El artículo continúa el día 7 de Octubre, no se lo pierdan. Algunas apostillas a las interesantísimas alusiones históricas de Fausto:

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¹ Principio de Incertidumbre o Inconsistencia: Heisenberg demostró que no nos será posible idear un método para localizar la posición de la partícula subatómica mientras no estemos dispuestos a aceptar la incertidumbre absoluta respecto a su posición exacta. Es un imposible calcular ambos datos con exactitud al mismo tiempo. (Monografías.com)

² Werner Heisenberg: Heisenberg inventó la mecánica cuántica matricial. En 1932, a los 30 años obtuvo el Nóbel de Física. En 1938, Heisenberg acepta dirigir el intento nazi por obtener un arma atómica. Durante muchos años subsistió la duda acerca de si este proyecto fracasó por impericia de parte de sus integrantes o porque Heisenberg y sus colaboradores se dieron cuenta de lo que Hitler podría haber hecho con una bomba atómica.

En septiembre de 1941 Heisenberg visitó a Niels Bohr en Copenhague. En un acto que solo puede ser clasificado como traición y que ponía seriamente su vida en peligro, Heisenberg habló con Bohr sobre el proyecto de bomba atómica alemán e incluso le hizo un dibujo de un reactor. (Wikipedia.com)

³ Niels Bohr: En 1922 recibió el Premio Nobel de Física por sus trabajos sobre la estructura atómica y la radiación. La reunión entre Heisenberg y Niels Bohr en Copenhague es el tema del drama “Copenhagen” de Michael Frayn, drama que gano el Premio Tony como mejor drama de año 2000. (Wikipedia.com)

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